Lo que soy no es lo que ves

Toda mi vida he sabido que huyo de un  intento por parecerme a mí misma. Es el poso de la conciencia tras la despedida, cuando reposas a solas y la voz interna teoriza cómplice. Yo nunca quise parecerme a mí misma, simplemente siempre he intentado -difícil tarea en este siglo- ser yo, y sin vanagloriarme, sin tener orgullo, porque con esto he sido dura, he sido demonio y ángel y a veces me he llorado encima la pasional contradicción. Tan solo he tratado de no rebajarme y de llevar una vida conforme a lo que siento, conforme a mis principios. En todo esto la apariencia dulce deja de ser una virtud en el momento una no se satisface a sí misma con ella. Me he sentido tan desvalida aquí, tan cojeante y mujercita dudosa. No es un problema propio, más bien es un peso del resto, mayoritariamente un peso del hombre. El hombre busca la feminidad, busca a la sirena y a la ninfa alada, y si bien es cierto que una puede acomodarse en tal imagen y hacer de ella un edén o refugio para descansar sabiéndose protegida y amada, también puede ser una cárcel, un límite autoimpuesto al amoldarse en la expectativa o mirada del otro. Cuando he sentido tal bálsamo pegajoso sobre mí, me he quedado escindida en el aire, observando quién era y quién estaba siendo y volviendo a quién era o actualizándome el ser sin perderme de vista. Lo que intento decir es que una mujer puede ser lo que quiera ser y no lo que quieren otros que sea. Lo que pretendo es ser roca y seda a pesar de toda esta suavidad que se percibe en un rostro. Lo que soy no es lo que ves y si dejas de verme es porque quizá no me viste ni bien ni dos veces, pero yo me conozco, yo pasé toda la vida conmigo, y a mí, a mí no voy a traicionarme nunca.

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