La máscara

Me hace gracia cuando conozco a alguien y veo su máscara. A veces es una máscara alegre, sin rastro de debilidad o dolor. Me cuenta cosas bonitas, gesticula y está atenta a los detalles. Me intenta agradar con su estabilidad emocional como dándome un cheque a lo bello de la vida. Todo está bien, todo va en positivo, todo es maravilloso. Esta máscara no me atrae en lo absoluto. Quizá me atraería más una con ciertos rasguños, no tan bien estudiada en sí misma, con alguna tubería rota, con la fragilidad abierta de forma torpe. Detesto el control total de uno mismo, me aleja de su verdad y ni siquiera siento querer descubrirle. Tengo intolerancia al brillo desde la infancia. Lo rehuyo. Prefiero directamente el escondite, descifrar a alguien que antes de fingir, prefiere esconderse en su mundo. En realidad, lo que me interesa de alguien es su su verdad, es su oscuridad, lo que hay tras la máscara. Eso me atrapa, me parece lo más tierno, por mucho llanto o puerta cerrada, empatizo más con el mundo interior que no se muestra. La nostalgia, el peso, los días tristes, el pasado que se quedó, no saber dónde posarse. Lo bello está ahí. El disfraz perfecto me angustia.

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